La raíz de pozol

Percinar el bajareque

68 teléfonos móvil sincronizados en modo vibrador dentro de ladrillos de tierra forman una edificación.

Crack Rodríguez articula en esta pieza una poética del colapso, donde la vibración se convierte en vestigio y testimonio. La obra—una estructura de ladrillos de tierra en cuyo interior resuenan 68 teléfonos móviles en modo vibrador—remite a la hipercomunicación contemporánea y, al mismo tiempo, evoca un acontecimiento trágico: el terremoto del 13 de enero de 2001 en La Colina, Santa Tecla. Allí, en medio del desastre, las personas atrapadas bajo los escombros lograban aún comunicarse con sus seres queridos antes de perder la vida.

El artista toma este acto de comunicación extrema y lo encapsula en una arquitectura simbólica: una construcción que tiembla desde adentro, como un eco de la tragedia. Pero más allá de la memoria del desastre natural, Rodríguez introduce otra capa crítica: la corrupción gubernamental que convirtió la catástrofe en una excusa para la especulación inmobiliaria. La obra recuerda que los sobrevivientes exigieron justicia, que se denunció la falta de planificación urbana y que, sin embargo, en nombre del “progreso”, se otorgaron permisos de construcción en un terreno donde no debía erigirse nada más.

Así, la vibración de los teléfonos en el interior de los ladrillos no solo es un lamento de los soterrados, sino también la manifestación de una herida social que sigue abierta. Los 10 millones de dólares que Taiwán trasladó en reconocimiento a las víctimas nunca llegaron a su destino, diluidos en la corrupción de los gobiernos de aquel tiempo. En este sentido, la obra no solo se ancla en la memoria del desastre, sino que resuena como una denuncia de las estructuras de poder que operan sobre las ruinas, borrando la historia en favor de los intereses económicos.

Aquí, la edificación que Rodríguez presenta no es un refugio, sino una paradoja: una construcción hecha de ruina. Los teléfonos vibran en una especie de sismo perpetuo, pero no hay respuesta posible. ¿A quién le pertenece la memoria cuando el Estado decide reescribirla? ¿Cómo se resignifica la comunicación cuando el mensaje nunca llega a su destino?

La pieza se inserta en una genealogía de obras que interrogan la relación entre tecnología, poder y pérdida. La vibración de los teléfonos, más que una llamada de auxilio, es el recordatorio de un crimen no resuelto. Es un monumento a la ausencia, una arquitectura de la desesperación.

Crack Rodríguez, con su enfoque de intervención crítica, transforma la comunicación en una metáfora política: las víctimas hablaron desde las entrañas de la tierra, pero la verdadera sordera provino desde arriba, desde las instituciones que, en lugar de justicia, solo ofrecieron silencio y cemento.

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